ENTREVISTA A RODRIGO TORRES, SOBREVIVIENTE DE LA MASACRE DE PATAGONES: «Aquel día nunca será historia, siempre es presente»

Tiene 18 años. Pasadas las 7.30 de la mañana del 28 de setiembre de 2004, varios balazos calibre 9 milímetros sonaron secos y terminantes en un aula de la Escuela Islas Malvinas de Patagones. Rafael S. -Junior-, 14 años, tiraba al bulto de sus compañeros que se estaban instalando en los bancos. Tres cayeron muertos y cinco heridos. Rodrigo Torres, entre ellos. Hoy estudia para docente. Horas atrás, conversó con este diario.

– Amoz Oz, un gran escritor israelí, dice que hay momentos en la vida de los jóvenes en los que, en apenas un instante, les suceden hechos de dictado muy trágico que los dejan con una fuerte sobrecarga de historia para el resto de sus vidas. ¿Te sentís referenciado en esta reflexión?

– Sí. Es parte de mi historia desde aquel 28 de setiembre. Y es parte de la historia del resto de los chicos que quedaron heridos, de sus familias, de las familias de los chicos muertos.

– ¿Y de Junior?

– También la de él, claro. Ese día nunca será historia. No se irá jamás de nosotros. Es siempre presente?

– Tu voz no traduce nada especial al nombrarlo a Junior. No hay enojo, no hay rechazo. ¿Me equivoco? ¿Nunca un «si lo agarro…»?

– Nunca. Yo no lo odio. Creeme.

– Sí, claro.

– ¿Sabés que pasa? Yo todavía soy un pibe, un pibe de un metro ochenta. Si a todo lo que me pasó le meto odio, ganas de venganza y vivo y sigo con eso adentro mío, qué gano? ¿Adónde voy a parar? ¿Qué gano metiéndome más presión?

– Nada.

– Además, en cinco años tuve desgarros familiares importantes. La muerte en muy pocos meses de diferencia de dos tíos, mi abuela, un mes después de ese día. Además, mi mamá, que es una mamá, una mamá…

– ¡Una mamá total!

– ¡Total! ¡Madraza! Bueno, ella me crió sola. Hizo todo lo que pudo para educarme y lo hizo muy bien, con mucho sacrificio. Soy hijo único. O sea, cuando llegó aquel día…

– ¿Y tu papá?

– No se hizo cargo de mí. Recién después de 14 años se me acercó. No tenemos una relación de padre-hijo, pero bueno… si necesito algo, ahora está… Yo venía con mucha historia encima cuando llegó aquel día.

– ¿Durante estos años has sabido algo de Junior, de su familia?

– No.

– En una revista mexicana dedicada a temas de la psiquiatría y que ha reflexionado sobre la masacre de Carmen de Patagones, salió publicado que te gustaría hablar con él. ¿Te sentarías a tomar un café con él?

– Sí, sí, claro que sí.

– Demos vuelo a la imaginación, que es una las disposiciones más interesantes e inquietantes que tenemos los humanos. ¿Cómo te imaginas que sería ese diálogo?

– Él también es una víctima. Le preguntaría: por qué, qué le pasó? qué se le cruzó? No sé? También él es un pibe. El sábado anterior a la tragedia habíamos estado jugando al fútbol ¡Junior es un misterio para mí!

– ¿Misterio? ¿Qué le da contenido a ese misterio?

– Cómo vivía, por ejemplo.

– Cuando concertamos esta entrevista, me dijiste que recién después de la tragedia fuiste conformando una idea de la personalidad de Junior, de sus problemas…

– Fue leyendo lo que el periodismo investigaba, publicaba…

– ¿Cómo era el Junior que vos tenías de compañero de curso?

– Callado. Solitario. En el curso se daba sólo con Dante Pena, su amigo. Yo con él era «hola» y «chau». No se lo veía en la calle. No se lo veía en fiestas. Nada sociable. Buen alumno, un chico inteligente. Él y yo éramos los primeros en llegar al colegio? yo desde Viedma. Entrábamos cuando el portero todavía estaba encendiendo las luces. Un día entré al aula, que estaba a oscuras. Prendí la luz y cuando giré me encontré con Junior sentado en el escritorio del profesor? en el frente? callado, mirándome.

– El lugar desde el que mató…

– Sí, sí. ¿Sabés el susto que me agarré?… ¡Por favor! ¡No te lo puedo explicar! Pero incluso yo no lo tengo como violento, al menos?

– Pero está la mañana del 28 de setiembre del 2004. Sabemos cómo sucedió. ¿Hay alguna impresión, en todo caso lateral a los balazos mismos, al aula, a ese instante en que la vida fue devorada ferozmente por la muerte, algo que forme parte, no de ese núcleo duro del hecho, sino que fue una consecuencia de eso, pero algo que procesaras con el tiempo?

– Sí, hay algo: cuando salgo caminando del aula sabiendo que algo le estaba pasando a mi cuerpo…

– Le pasaban dos balazos…

– Yo ya los tenía pero no sabía bien de qué se trataba. Recién cuando estoy afuera del aula me levanto la remera y veo que por debajo de la axila derecha me sale sangre. Ahí empiezo a unir un poco lo que había sucedido. Pero, yendo a la pregunta: cuando dejo el aula veo que en el colegio todo se está tornando muy veloz, muy frenético. La naturaleza habitual había dejado de existir. Los tiempos eran otros? Fuera del aula, lo primero que veo son dos preceptores parados, duros, sin atinar a nada. Atrás mío, tomándome de la cintura, venía Nico Leonardi, que estudia en La Plata? «Vamos, salgamos? yo también estoy herido», creo que me dijo cuando empezamos a salir del aula. Pero ese trastocamiento de la naturaleza habitual del colegio es algo que me quedó muy grabado. Gritos… todo acelerado. Yo seguía caminando por el pasillo. Me toma «Bocha», el kiosquero, un tipazo? Me lleva hasta su auto y me lleva al hospital. Yo me quedo en el auto.

– ¡Qué aguante!

– Aguante con el dolor creciendo. Traen una silla de ruedas y ahí ya noto que se me va nublando la vista…

– ¿Pensaste que te morías?

– No me acuerdo por donde andaba mi cabeza? ¿Te cuento algo?

– Dale.

– A veces pienso que estuve muerto un ratito, pero que Dios me dio una mano.

– Borges dice que la vida no es otra cosa que la muerte que se anda enseñoreando…

– Y… capaz. Pero sí, pienso que estuve un ratito y Dios destrabó la cosas. Yo soy creyente, ¿viste?

– Si te ayuda… A pesar de todo lo que te estaba sucediendo, independientemente de si la pudiste conceptualizar: ¿Tuviste idea de lo que quedaba dentro del aula?

– Y, cuando dejaba el aula miré para atrás y vi cuatro cuerpos en el suelo? Y sangre, mucha sangre.

– Vos viste tirar a Junior. ¿Cómo fue tener dos balazos encima?

– Todavía tengo uno: entró por el torax y terminó en el pulmón. Dicen que es más peligroso sacarlo que convivir con él. Me sacaron el del estómago. El que queda me limita mucho para hacer deporte. Yo vivo en Viedma. Hasta lo de aquel día, me iba todos los días en bicicleta a Patagones y volvía? incluso a veces dos veces por día, a jugar al handball, jugaba fútbol… Y ahora…

– ¿Cómo te defendés desde aquel día?

– Mamá, la psicología… Y creo mucho en Dios. Me dedico mucho al trabajo pastoral; con la gente humilde, con los pibes. Yo tengo mi vida, la defiendo y creo que ayudo a defenderla. ¡Por supuesto: aquel día se me viene todo encima! Y bueno…

– Contame.

– Me angustio.

– Alguien me dijo que por momentos te asalta la idea de escribir todo lo que te pasó y te pasa en relación a aquel día…

– Y… me gustaría. Quizá cuando sea grande…

– Ya estás crecidito.

– Me refiero a poder contar todo un período largo de esta experiencia.

– Bueno Rodrigo. Final de cuentas para esta nota. Voy a caer en un lugar común: La vida sigue. Te agradezco el tiempo que te robamos.

– ¡No, viejo, no! Tantas cosas nos roba la vida? pero sí, sigue. Gracias, chau.

– Chau.

CARLOS TORRENGO

ctorrengo@rionegro.com.ar


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