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Es posible que, por haberlo dicho tantas veces, el presidente Néstor
Kirchner realmente esté convencido de que el Fondo Monetario
Internacional fue el gran culpable de la debacle de 2001 y 2002,
aunque, como señaló hace poco su director gerente,
Rodrigo de Rato, “es difícil de creer que se pueda
llegar a una catástrofe económica de este calibre
sólo por las recomendaciones de un organismo multilateral”.
Así y todo, si bien Kirchner defiende con más ardor
que nadie la tesis de que las lacras económicas y sociales
de la Argentina se deben en buena medida a la estupidez o la maldad
de una institución que representa el pensamiento de quienes
gobiernan los países más desarrollados, de ahí
sus embestidas constantes contra ella, su voluntad de independizarse
podría significar que a sus sucesores no les resultara tan
fácil imitarlo. En el caso de que el país experimente
nuevos barquinazos que no pueda atribuir a los mandamás del
FMI, los habituados a esquivar responsabilidades so pretexto de
que en última instancia todo depende de la conducta de entidades
extranjeras tendrán que limitarse a criticar a sus compatriotas,
lo que sería un avance para una sociedad en la que amplios
sectores propenden a creer que el origen de sus desgracias tiene
forzosamente que estar en el exterior. Otra ventaja acarreada por
las peleas de Kirchner con el Fondo es que el gobierno se ha visto
obligado obrar con cierta disciplina por no tener acceso a préstamos
blandos. Si no fuera por la conciencia de que el país no
está en condiciones de contraer más deudas significantes,
el gasto electoralista hubiera sido con toda seguridad mayor de
lo que efectivamente fue.
De todos modos, el aporte del FMI al colapso tuvo menos que ver
con sus recomendaciones, fueran éstas buenas o malas, que
conforme a Rato “muchísimas veces no han sido escuchadas”,
que con el respaldo que dio inicialmente al gobierno del presidente
Fernando de la Rúa, de esta forma ayudando a difundir la
ilusión de que el país contaba con un “blindaje”
seguro, para entonces retirar de golpe su apoyo en buena medida
porque el gobierno del presidente norteamericano George W. Bush
estaba en contra de las operaciones de rescate que a su juicio sólo
beneficiaban a los especuladores. Aunque fue previsible que esto
ocurriría en cuanto los republicanos desplazaran a los demócratas,
ni el gobierno ni la clase política en su conjunto fueron
capaces de reaccionar a tiempo. El gobierno de la Alianza no pudo
actuar con el vigor y firmeza necesarios en una emergencia porque
era estructuralmente débil e ideológicamente dividido,
mientras que buena parte del resto de la clase política,
incluyendo a muchos radicales hostiles a su correligionario De la
Rúa, estaba más interesada en oponérsele que
en afianzarlo. De no haber sido por el oportunismo de muchos radicales
y peronistas, el país se hubiera ahorrado una implosión
calamitosa que para muchos en el Primer Mundo fue inexplicable.
¿Hemos aprendido lo suficiente de aquel desastre? Es posible
que no. Si bien hasta hace poco el gobierno actual manejaba las
cuentas nacionales con más sensatez que otros de características
similares, comparte con ellos la tendencia a minimizar la importancia
de las señales negativas por suponerlas meramente coyunturales,
razón por la que la inflación sigue cobrando fuerza
y a pesar de la gran liquidez internacional las inversiones no están
llegando en cantidades adecuadas. En esta ocasión los políticos
no confían en que si se produce una emergencia un organismo
de crédito multilateral los rescatará, sino en que
la situación internacional continuará siéndoles
tan benévola como ha sido a partir del 2003. Aunque en este
sentido la mayoría de los economistas es optimista, esto
no quiere decir que sus pronósticos esperanzados se cumplirán
porque se basan en el presupuesto de que no se producirán
episodios políticos que sean capaces de incidir en la evolución
de los mercados. Al fin y al cabo, no pudo preverse el “choque
petrolero” de 1973 que en Europa puso fin a una era de crecimiento
fuerte con pleno empleo, una época que los franceses bautizaron
más tardecomo “los treinta años gloriosos”
o muchos otros cambios repentinos que los obligarían a revisar
radicalmente sus predicciones.
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