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Jueves 27 de octubre de 2005
   Editorial
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Es posible que, por haberlo dicho tantas veces, el presidente Néstor Kirchner realmente esté convencido de que el Fondo Monetario Internacional fue el gran culpable de la debacle de 2001 y 2002, aunque, como señaló hace poco su director gerente, Rodrigo de Rato, “es difícil de creer que se pueda llegar a una catástrofe económica de este calibre sólo por las recomendaciones de un organismo multilateral”. Así y todo, si bien Kirchner defiende con más ardor que nadie la tesis de que las lacras económicas y sociales de la Argentina se deben en buena medida a la estupidez o la maldad de una institución que representa el pensamiento de quienes gobiernan los países más desarrollados, de ahí sus embestidas constantes contra ella, su voluntad de independizarse podría significar que a sus sucesores no les resultara tan fácil imitarlo. En el caso de que el país experimente nuevos barquinazos que no pueda atribuir a los mandamás del FMI, los habituados a esquivar responsabilidades so pretexto de que en última instancia todo depende de la conducta de entidades extranjeras tendrán que limitarse a criticar a sus compatriotas, lo que sería un avance para una sociedad en la que amplios sectores propenden a creer que el origen de sus desgracias tiene forzosamente que estar en el exterior. Otra ventaja acarreada por las peleas de Kirchner con el Fondo es que el gobierno se ha visto obligado obrar con cierta disciplina por no tener acceso a préstamos blandos. Si no fuera por la conciencia de que el país no está en condiciones de contraer más deudas significantes, el gasto electoralista hubiera sido con toda seguridad mayor de lo que efectivamente fue.
De todos modos, el aporte del FMI al colapso tuvo menos que ver con sus recomendaciones, fueran éstas buenas o malas, que conforme a Rato “muchísimas veces no han sido escuchadas”, que con el respaldo que dio inicialmente al gobierno del presidente Fernando de la Rúa, de esta forma ayudando a difundir la ilusión de que el país contaba con un “blindaje” seguro, para entonces retirar de golpe su apoyo en buena medida porque el gobierno del presidente norteamericano George W. Bush estaba en contra de las operaciones de rescate que a su juicio sólo beneficiaban a los especuladores. Aunque fue previsible que esto ocurriría en cuanto los republicanos desplazaran a los demócratas, ni el gobierno ni la clase política en su conjunto fueron capaces de reaccionar a tiempo. El gobierno de la Alianza no pudo actuar con el vigor y firmeza necesarios en una emergencia porque era estructuralmente débil e ideológicamente dividido, mientras que buena parte del resto de la clase política, incluyendo a muchos radicales hostiles a su correligionario De la Rúa, estaba más interesada en oponérsele que en afianzarlo. De no haber sido por el oportunismo de muchos radicales y peronistas, el país se hubiera ahorrado una implosión calamitosa que para muchos en el Primer Mundo fue inexplicable.
¿Hemos aprendido lo suficiente de aquel desastre? Es posible que no. Si bien hasta hace poco el gobierno actual manejaba las cuentas nacionales con más sensatez que otros de características similares, comparte con ellos la tendencia a minimizar la importancia de las señales negativas por suponerlas meramente coyunturales, razón por la que la inflación sigue cobrando fuerza y a pesar de la gran liquidez internacional las inversiones no están llegando en cantidades adecuadas. En esta ocasión los políticos no confían en que si se produce una emergencia un organismo de crédito multilateral los rescatará, sino en que la situación internacional continuará siéndoles tan benévola como ha sido a partir del 2003. Aunque en este sentido la mayoría de los economistas es optimista, esto no quiere decir que sus pronósticos esperanzados se cumplirán porque se basan en el presupuesto de que no se producirán episodios políticos que sean capaces de incidir en la evolución de los mercados. Al fin y al cabo, no pudo preverse el “choque petrolero” de 1973 que en Europa puso fin a una era de crecimiento fuerte con pleno empleo, una época que los franceses bautizaron más tardecomo “los treinta años gloriosos” o muchos otros cambios repentinos que los obligarían a revisar radicalmente sus predicciones.

 

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