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No se equivocaba del todo el ministro de Defensa, José Pampuro, cuando
afirmó que “el clima se ha ido enrareciendo”
en los días previos al inicio formal de la campaña
electoral, pero el responsable principal del cambio así supuesto
no es Eduardo Duhalde ni los piqueteros, que están activos
desde hace años sin que el gobierno haya pensado en obligarlos
a respetar la ley, sino el propio presidente Néstor Kirchner
que, día tras día, acusa a sus adversarios de haber
arruinado el país. Hasta ahora, los blancos de las arengas
e insultos presidenciales han reaccionado con relativa suavidad,
lo que fue una suerte porque de lo contrario el país hubiera
sido un aquelarre a partir de mayo de 2003 cuando Kirchner comenzó
sus ataques verbales contra diversos individuos y sectores, pero
parecería que la tregua así supuesta está por
terminar. Ya que Kirchner acaba de denunciar a Duhalde, Carlos Menem
y Luis Patti de estar detrás del “pacto oculto de desestabilización”
que según Cristina Kirchner está provocando desgracias
en todo el país, pero especialmente en la provincia de Santa
Cruz, sorprendería que el trío no reaccionara con
virulencia comparable.
Huelga decir que, en una democracia normal, el que los opositores
trataran de “desestabilizar” a un gobierno con el propósito
de desplazarlo no debería escandalizar a nadie con tal de
que se limitaran a emplear los medios considerados legítimos.
Al fin y al cabo, es lo que hacen todos los líderes políticos
occidentales cuando están en el llano. Según el presidente
Néstor Kirchner y su esposa, empero, quien fue su padrino,
Duhalde, el ex presidente Menem y el intendente de Escobar Patti
se han confabulado con piqueteros antidemocráticos para crear
un clima de violencia con el propósito, se supone, de convencer
al electorado de que el gobierno no está en condiciones de
manejar el país.
De estar en lo cierto los Kirchner, el país está por
entrar en una etapa convulsiva en la que una parte sustancial del
movimiento peronista utilizaría a los piqueteros para debilitar
a un gobierno constitucional, repitiendo así las maniobras
que culminaron con la caída del presidente Fernando de la
Rúa e, irónicamente, permitieron que Duhalde primero
y después Kirchner se instalaran en la Casa Rosada. Sin embargo,
si bien Duhalde, Menem y Patti no tienen muchos motivos para simpatizar
con Kirchner, hombre que los ha tratado con extrema agresividad,
esto no necesariamente quiere decir que estén dispuestos
a violar las reglas democráticas en un esfuerzo por derribarlo.
Convendría, pues, que los Kirchner respaldaran sus afirmaciones
tajantes acerca de un hipotético “pacto desestabilizador”
con un poco de evidencia concreta. Si no lo hacen, la ciudadanía
podría llegar a la conclusión de que sólo se
trata de un intento más por parte de Kirchner de convencerla
de que él y su esposa son los únicos capaces de defenderla
contra sus enemigos “neoliberales”, menemistas, duhaldistas,
piqueteros y otros representantes de un mundo que según parece
le es irremediablemente hostil.
Desde el día en el que supo que sería el próximo
presidente de la República, Kirchner procura “construir
poder” atacando con vehemencia excepcional al FMI, a los acreedores
que se resistieron a ser esquilmados, a los militares, a muchos
empresarios, a los economistas “ortodoxos”, al diario
“La Nación” y a los jueces que fueron nombrados
por Menem, además de una proporción cada vez mayor
del resto de la clase política nacional. Es posible que en
algunos casos los blancos de su furia hayan merecido ser criticados
por su trayectoria, aunque Kirchner no tiene la autoridad moral
para hacerlo, pero ocurre que ningún presidente en ningún
país que no sea una dictadura puede darse el lujo de crearse
tantos enemigos como ya ha hecho. Por cierto, a esta altura los
muchos que se sienten agraviados por el santacruceño no tendrían
necesidad de aliarse formalmente si lo que quieren es “desestabilizarlo”.
Les sería más que suficiente actuar como harían
sus equivalentes de todos los países democráticos
que en circunstancias equiparables asegurarían que el Poder
Legislativo trabara las iniciativas del Ejecutivo e insistirían
en que éste respetara la Constitución nacional, negándole
la facultad de gobernar mediante aquellos decretos de emergencia
y urgencia.
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