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| Domingo 19 de junio de 2005 |
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| Y ahora, los indultos |
Luego de dar a entender que en verdad fue obra
del presidente Néstor Kirchner aquel fallo de la Corte Suprema
que sirvió para anular las leyes del perdón impulsadas
por el ex presidente Raúl Alfonsín, el gobierno se ha
puesto a presionar a la Justicia para que encuentre una forma de derogar
los indultos que fueron dictados por el ex presidente Carlos Menem.
Aunque es posible que el gobierno logre su propósito, no le
será nada fácil hacerlo sin que la Corte vulnere lo
que es, al fin y al cabo, una prerrogativa constitucional, lo que
con toda seguridad sería el caso si, como algunos han sugerido,
a Kirchner se le ocurriera “desindultar” por decreto a
los beneficiados por la medida menemista.
Otra dificultad desde el punto de vista del gobierno consiste en que
entre los indultados están cabecillas terroristas que cuentan
con la simpatía de los más interesados en castigar a
los militares. Para resolverla, el ministro de Justicia, Horacio Rosatti,
distingue entre los delitos graves perpetrados en el contexto del
terrorismo de Estado, que son imprescriptibles, y los del terrorismo
privado, por decirlo así, sobre todo cuando se trata del “derecho
de resistencia a la opresión contra un gobierno de facto”.
Si bien tal distinción parece ser jurídicamente legítima,
su aplicación tendría un impacto político negativo
porque a juicio de muchos serviría para confirmar la impresión
de que lo que el gobierno realmente quiere es reivindicar a los terroristas
y humillar a las Fuerzas Armadas, a pesar de los esfuerzos de los
jefes que sucedieron a los comandantes del Proceso por reconciliarse
institucionalmente con el resto de la sociedad. En vista de las muchas
complicaciones no sólo legales y constitucionales sino también
políticas que se ven planteadas por la idea de derogar los
indultos, sería mejor dejarlos como están, aunque de
quererlo Kirchner podría pedirle a la Corte Suprema considerar
la conveniencia y la posibilidad de eliminar de una vez la anacrónica
potestad presidencial de perdonar a los ya condenados por los jueces
como si fuera una especie de monarca absoluto.
De todos modos, con pocas excepciones, los militares que fueron indultados
por Menem son ancianos sin influencia que a esta altura no están
en condiciones de perjudicar a nadie. Por lo demás, los más
notorios ya saben que pasarán lo que les queda de su vida bajo
arresto domiciliario porque están siendo juzgados por crímenes
que no fueron cubiertos por los indultos. Ya que nuestro sistema judicial
se caracteriza por su extrema lentitud, en términos prácticos
reabrir las causas cerradas por Menem no cambiaría mucho.
Puesto que el Proceso terminó más de veinte años
atrás y mucho tiempo ha transcurrido desde que Alfonsín,
respaldado por el Congreso, promovió las “leyes del perdón”
y Menem sorprendió a todos anunciando los indultos, es comprensible
que muchos se hayan preguntado por los motivos del gobierno para resucitar
un tema que hasta hace muy poco se creyó propio de una época
felizmente superada. La única respuesta convincente a este
interrogante es que tiene que ver con la campaña electoral.
Con razón o sin ella, los kirchneristas parecen creer que los
beneficiaría que se reanudaran los viejos debates acerca de
lo que sucedió en la segunda mitad de los años setenta
y en los primeros de los ochenta, lo que, suponen, les permitiría
figurar como defensores heroicos de los derechos humanos y obligaría
a sus adversarios de “la derecha” y también a los
radicales a cumplir el papel ingrato de simpatizantes del régimen
militar. De ser así, se trataría de una maniobra que
podría resultarle riesgosa en una etapa en la que muchos se
sienten preocupados por la inseguridad ciudadana que a menudo atribuyen
a la permisividad oficial y, en especial, por la combatividad de los
piqueteros y sus auxiliares de la extrema izquierda cuya afinidad
con las organizaciones terroristas de los años setenta es innegable.
Si antes de las elecciones se producen demasiados escándalos
imputables a los piqueteros oficialistas o se da una serie de crímenes
violentos equiparables con los que convirtieron, aunque fuera de manera
pasajera, a Juan Carlos Blumberg en un referente popular facultado
informalmente para dictar nuevas leyes, la militancia revisionista
del gobierno le resultará contraproducente.
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