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| Jueves 24 de marzo de 2005 |
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| Conocimientos inútiles |
Con precisión extraña, el Instituto
Nacional de Estadística y Censos (INDEC) acaba de informarnos
que en el último cuatrimestre del año pasado la cantidad
de trabajadores en negro subió del 47,7 por ciento al 48,9
por ciento de los asalariados. Asimismo, se estima que el ingreso
promedio de los trabajadores informales es de 317 pesos mensuales.
Parecería, pues, que las autoridades saben muy bien dónde
están dichos trabajadores y cuánto ganan, porque de
otro modo no podrían abrumarnos de índices es de suponer
confiables acerca de su ubicación y el dinero que reciben,
pero que no están en condiciones de hacer nada más.
¿Por qué? La única respuesta posible es que el
Estado es tan inoperante que a pesar de poseer la información
necesaria es incapaz de desempeñar otro papel que aquel del
espectador que observa con interés ciertos fenómenos
sin hacer el menor intento de incidir en ellos.
El trabajo en negro es normal en virtualmente todos los países
del mundo porque es imposible registrar todas las transacciones en
las que a cambio de una suma de dinero una persona, que a menudo será
un familiar o un miembro del mismo grupo étnico, cumple una
tarea por lo común menor. Sin embargo, los intentos de cuantificarlo
son por naturaleza arbitrarios, razón por la que es habitual
redondear las cifras o hablar de “entre el diez y el veinte
por ciento” del total. Aquí, en cambio, es rutinario
que el INDEC difunda estadísticas tan detalladas que no pueden
ser calificadas de meramente conjeturales. Por el contrario, en todos
los distritos del país se da a entender que sabe con exactitud
milimétrica la cantidad de trabajadores en negro en un momento
dado. Puede que sólo se trate de una variante del realismo
mágico, este género favorito de los políticos
y funcionarios locales, lo que de por sí sería peligroso
porque la política gubernamental se basa en los guarismos así
producidos. O puede que nos hayamos acostumbrado tanto a la idea de
que el Estado existe para beneficiar a los estatales que sería
absurdo suponer que le corresponda actuar a fin de remediar una situación
que todos dicen lamentar.
Según la secretaria de Trabajo Noemí Rial, es lógico
que el empleo en negro haya aumentado por “cuestiones estacionales”,
de suerte que no hay por qué preocuparse. Por su parte, el
jefe cegetista Hugo Moyano culpa al gobierno que, en su opinión,
no tiene la voluntad de controlar a los empresarios. En este pequeño
enfrentamiento el camionero lleva las de ganar, pero no es cuestión
sólo del Ministerio de Trabajo, el que, como tantas otras reparticiones
del gobierno, flota por encima de la realidad nacional, sino de la
ineficacia asombrosa pero ya tradicional de las instituciones públicas
del país. Aunque desde hace décadas es evidente que
buena parte de los problemas nacionales se debe a la brecha que separa
a dichas instituciones de lo que efectivamente sucede en la sociedad,
es muy escaso el interés del gobierno en tomar medidas necesarias
para que sirvan a la ciudadanía en su conjunto, no sólo
a los que gracias a sus vínculos con políticos, sindicalistas
o burócratas dependen de ellas por sus ingresos.
Que a inicios del año el “48,9” por ciento de los
trabajadores estuviera en negro es sin duda escandaloso. Más
escandaloso aún, empero, es el hecho de que a través
de los años una proporción cada vez mayor de los empleados
haya salido de la economía oficialmente registrada, la blanca,
para refugiarse en la negra donde las únicas reglas vigentes
son las propias del capitalismo más rudimentario en el que
absolutamente todo se ve determinado por la ley de la oferta y la
demanda, los contratos son papel mojado y las “conquistas”
imaginadas por políticos y sindicalistas son a lo sumo virtuales.
Es más: puesto que tal y como están las cosas parecería
que en el transcurso de la gestión del presidente Néstor
Kirchner se descubrirá que más de la mitad de los trabajadores
del país está en negro, cualquier historiador objetivo
del período así supuesto tendría que llegar a
la conclusión de que los gobiernos peronistas que sucedieron
al encabezado por Fernando de la Rúa se las ingeniaron para
hacer de la Argentina uno de los países más “neoliberales”
del planeta, uno en el que la mayoría de los empleados dependió
por completo de las vicisitudes del mercado sin contar con la protección
hipotéticamente brindada por la ley.
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