Un panorama desolador
Ya que a esta altura todos deberían entender muy bien que
el futuro del país, y de cada uno de sus habitantes, depende
directamente de la educación, es de suponer que la situación
caótica que siempre se da al inicio de un nuevo año
lectivo sería motivo de muchísima preocupación.
De más está decir que no existen motivos para creer
que para los alumnos el 2005 será mejor de lo que fue el
2004. En varias provincias, los docentes aprovecharán la
oportunidad planteada por el hipotético comienzo de las clases
para reanudar los paros que fueron interrumpidos por las vacaciones
de verano, mientras que en otras el que las clases efectivamente
hayan comenzado no quiere decir que no habrá problemas en
los próximos meses. Así las cosas, el pedido del ministro
de Educación, Daniel Filmus, de que ninguna negociación
salarial “debe generar pérdidas de días de clase”,
suena patéticamente voluntarista. Como Filmus ya se habrá
dado cuenta, este año, como los anteriores, se verá
dominado por la interminable lucha gremial por mejoras salariales
en un país en que casi la mitad de la población vive
como puede por debajo de la línea de pobreza. Como resultado
de lo que en otro contexto se llaman daños colaterales, miles,
tal vez decenas de miles, de jóvenes serán marginados
de por vida por no contar con los conocimientos ni con las actitudes
personales que son esenciales para abrirse camino en el mundo actual.
En cuanto al país, perderá más terreno frente
a otros que, como China y la India, sí entienden la importancia
de una buena educación no sólo para el individuo sino
también para la sociedad en su conjunto.
Puede que en ciertas jurisdicciones los salarios docentes no sean
tan malos si tomamos en cuenta el ingreso per cápita local,
que es bajísimo, pero resultaría demasiado esperar
que dirigentes gremiales programados para exigir cada vez más
se permitieran impresionar por dicha realidad. También sería
poco realista suponer que aun cuando las autoridades de las provincias
más conflictivas pensaran en modificar radicalmente sus respectivos
presupuestos a fin de satisfacer los reclamos más razonables,
lo que entre otras cosas requeriría un aumento impositivo
generalizado, los gremios docentes reaccionaran declarándose
dispuestos a colaborar con un intento de hacer de la docencia una
actividad profesional mucho más exigente como es el caso
en países como el Japón y Finlandia. Sin embargo,
a menos que la docencia se convierta en una carrera realmente atractiva
para los más talentosos, lo que no ocurrirá mientras
los salarios sean inferiores a los de personas que desempeñan
funciones mucho menos importantes, la Argentina no podrá
empezar a recuperar la posición en la jerarquía internacional
que una vez fue suya.
El problema sería más sencillo si fuera legítimo
atribuir la situación actual a decisiones tomadas hace poco
por el gobierno “neoliberal” de Carlos Menem o por los
regímenes militares, pero mal que nos pese tiene raíces
que son mucho más profundas. Tanto en nuestro país
como en el resto de América Latina, casi siempre ha sido
habitual tratar a los maestros -mejor dicho, las maestras, porque
por razones que podrían calificarse de culturales la docencia
no es considerada apropiada para varones- con una mezcla de cariño
y desdén. En teoría, todos los han respetado por su
“abnegación”, pero pocos manifestaron interés
alguno en darles remuneraciones equiparables con las disfrutadas
por otros profesionales, lo que no debería sorprender a nadie
en sociedades en las que padres de clase media se afirman sumamente
indignados por la idea de que debieran pagar algo para que sus hijos
reciban una educación universitaria. Asimismo, a pesar de
que el estado lamentable de la educación perjudica enormemente
a los integrantes de los sectores más pobres, escasean las
presiones populares para que se instrumenten las reformas que serían
necesarias para que todo joven argentino tenga las mismas posibilidades
que sus contemporáneos europeos, norteamericanos, japoneses
o coreanos. Según parece, la educación no figura entre
las prioridades nacionales, razón por la cual los más
toman con ecuanimidad los paros con los que los gremialistas están
dando la bienvenida a un nuevo año lectivo. Después
de todo, ya son tradicionales.
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