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Viernes 4 de marzo de 2005
   Editorial
 

Un panorama desolador

Ya que a esta altura todos deberían entender muy bien que el futuro del país, y de cada uno de sus habitantes, depende directamente de la educación, es de suponer que la situación caótica que siempre se da al inicio de un nuevo año lectivo sería motivo de muchísima preocupación. De más está decir que no existen motivos para creer que para los alumnos el 2005 será mejor de lo que fue el 2004. En varias provincias, los docentes aprovecharán la oportunidad planteada por el hipotético comienzo de las clases para reanudar los paros que fueron interrumpidos por las vacaciones de verano, mientras que en otras el que las clases efectivamente hayan comenzado no quiere decir que no habrá problemas en los próximos meses. Así las cosas, el pedido del ministro de Educación, Daniel Filmus, de que ninguna negociación salarial “debe generar pérdidas de días de clase”, suena patéticamente voluntarista. Como Filmus ya se habrá dado cuenta, este año, como los anteriores, se verá dominado por la interminable lucha gremial por mejoras salariales en un país en que casi la mitad de la población vive como puede por debajo de la línea de pobreza. Como resultado de lo que en otro contexto se llaman daños colaterales, miles, tal vez decenas de miles, de jóvenes serán marginados de por vida por no contar con los conocimientos ni con las actitudes personales que son esenciales para abrirse camino en el mundo actual. En cuanto al país, perderá más terreno frente a otros que, como China y la India, sí entienden la importancia de una buena educación no sólo para el individuo sino también para la sociedad en su conjunto.
Puede que en ciertas jurisdicciones los salarios docentes no sean tan malos si tomamos en cuenta el ingreso per cápita local, que es bajísimo, pero resultaría demasiado esperar que dirigentes gremiales programados para exigir cada vez más se permitieran impresionar por dicha realidad. También sería poco realista suponer que aun cuando las autoridades de las provincias más conflictivas pensaran en modificar radicalmente sus respectivos presupuestos a fin de satisfacer los reclamos más razonables, lo que entre otras cosas requeriría un aumento impositivo generalizado, los gremios docentes reaccionaran declarándose dispuestos a colaborar con un intento de hacer de la docencia una actividad profesional mucho más exigente como es el caso en países como el Japón y Finlandia. Sin embargo, a menos que la docencia se convierta en una carrera realmente atractiva para los más talentosos, lo que no ocurrirá mientras los salarios sean inferiores a los de personas que desempeñan funciones mucho menos importantes, la Argentina no podrá empezar a recuperar la posición en la jerarquía internacional que una vez fue suya.
El problema sería más sencillo si fuera legítimo atribuir la situación actual a decisiones tomadas hace poco por el gobierno “neoliberal” de Carlos Menem o por los regímenes militares, pero mal que nos pese tiene raíces que son mucho más profundas. Tanto en nuestro país como en el resto de América Latina, casi siempre ha sido habitual tratar a los maestros -mejor dicho, las maestras, porque por razones que podrían calificarse de culturales la docencia no es considerada apropiada para varones- con una mezcla de cariño y desdén. En teoría, todos los han respetado por su “abnegación”, pero pocos manifestaron interés alguno en darles remuneraciones equiparables con las disfrutadas por otros profesionales, lo que no debería sorprender a nadie en sociedades en las que padres de clase media se afirman sumamente indignados por la idea de que debieran pagar algo para que sus hijos reciban una educación universitaria. Asimismo, a pesar de que el estado lamentable de la educación perjudica enormemente a los integrantes de los sectores más pobres, escasean las presiones populares para que se instrumenten las reformas que serían necesarias para que todo joven argentino tenga las mismas posibilidades que sus contemporáneos europeos, norteamericanos, japoneses o coreanos. Según parece, la educación no figura entre las prioridades nacionales, razón por la cual los más toman con ecuanimidad los paros con los que los gremialistas están dando la bienvenida a un nuevo año lectivo. Después de todo, ya son tradicionales.

 

 

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