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Lunes 5 de abril de 2004
   Economia

Un dilema atroz

Muchos norteamericanos, entre ellos algunos que hasta entonces habían estado en favor de la invasión de Irak y del intento de transformar aquel país en una democracia, habrán reaccionado ante la difusión de las imágenes de cuatro compatriotas civiles que fueron quemados, mutilados y colgados de un puente por una turba sunnita en la localidad de Fallujah decidiendo que sería mejor que sus tropas se retiraran cuanto antes de un lugar tan inenarrablemente brutal. De más está decir que tal opinión es plenamente compartida por aquellos europeos y otros que atribuyen todo episodio de este tipo a la presencia norteamericana en la zona. Aunque voceros del gobierno del presidente George W. Bush han asegurado que Estados Unidos no se permitirá intimidar por el salvajismo, los hay que prevén que, tal y como sucedió diez años antes después de un incidente muy similar en Somalia, la opinión pública podría llegar a la conclusión de que sus hombres deberían alejarse de tanto horror.

Es fácil comprender el deseo muy natural de los habitantes de países desarrollados de dar la espalda a partes del mundo donde persiste la barbarie. En efecto, el motivo principal de la indiferencia generalizada del Occidente frente a la inmensa tragedia de Africa, un continente plagado por epidemias, guerras espeluznantes y limpiezas étnicas de ferocidad apenas concebible, consiste precisamente en la resistencia a tener que preocuparse por temas tan desesperantes. Otro factor tiene que ver con la costumbre de los occidentales de suponer que si uno de los suyos, sobre todo si es un norteamericano, de alguno que otro modo participa en un desastre, habrá sido el máximo responsable de provocarlo. Huelga decir que de no haber sido occidentales las víctimas de la crueldad de la que hizo gala aquella turba iraquí, a nadie le hubiera interesado demasiado el incidente porque, al fin y al cabo, tales atrocidades han sido casi rutinarias desde siempre en distintas partes de Africa, del Medio Oriente y el sur de Asia.

Todavía más impactantes que las imágenes de los cadáveres mutilados de los contratistas norteamericanos fueron las escenas de júbilo protagonizadas por la turba. ¿Por qué festejó así su hazaña? No tanto por sentir "odio" contra el invasor cuanto por tener la casi certeza de que no se le ocurriría tomar represalias tan contundentes como en circunstancias comparables hubieran adoptado el régimen de Saddam Hussein o virtualmente cualquier otra potencia en la historia del género humano. Por cierto, por aguerridos y fanatizados que estuvieran, los jóvenes chechenos no pensarían nunca en celebrar de tal manera la muerte de un ruso: saben que ellos mismos, más sus familiares y vecinos, lo pagarían con la vida. En cambio, en Irak y en el resto de Medio Oriente ya es de dominio público que una vez terminada la guerra formal, los militares de una democracia occidental tendrán que atenerse a las reglas que regirían si se encontraran en su propio país. Pueden apostar a que los occidentales, hartos del salvajismo atávico, regresarán a casa, dejando el lugar en manos de los jefes locales más violentos.

Para Estados Unidos, pero también para muchos otros países democráticos que deberían sentirse alarmados por la condición de las zonas más atrasadas del planeta, la escasa voluntad de la ciudadanía de intentar incidir en la evolución de regiones como el Medio Oriente por temor a la brutalidad cotidiana, constituye un dilema atroz. Si se niegan a intervenir so pretexto de que en tal caso serían responsables de todos los males que merezcan la atención de los medios de comunicación, no sólo traicionarán a los muchos que quieren que sus países se transformen en democracias respetuosas de los derechos del individuo sino que también garantizarán que en los próximos años aumente la capacidad destructiva de dictadores despiadados. Si intervienen, tendrán que resignarse a que sus enemigos aprovechen el hecho de que los demócratas tengan que respetar sus propias normas aun cuando de este modo brinden la impresión de ser tan patéticamente pusilánimes que pueden ser muertos y mutilados con impunidad. Desde el punto de vista de quienes celebran con júbilo frente a las cámaras la muerte de occidentales en Irak, hombres como Bush son débiles, a diferencia de cualquier líder local, que no vacilaría un solo momento en cobrar una venganza terrible por un episodio como el de Fallujah.

 

 

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